jueves, 24 de octubre de 2013
Tierra de
“Nadie”
¡No pibe, no! ¿Qué haces? Si te ve la vieja te mata. Este paredón no se toca. El dibujito este es todo un emblema para el barrio… Pibe, vos no entendés nada. Esto lo pintó el Gringo para un amigo en la década del
El día que pintó esto, dicen, se habría cumplido, según afirman el sueño del Gringo. La dueña del paredón le prometió que lo cuidaría hasta el final de sus días. Y la vieja cumplió con la promesa y mucho más, porque ahora lo cuidan sus nietos. Si te ven metiendo mano, te matan.
El tipo tuvo problemas con la policía por algunas pintadas y hasta con
Igualmente al tipo no le importaba nada. Se convirtió en una sombra fugaz, sin nombre y apellido que dejaba a su paso una estela de color. Dicen que tenía de guardianes a los borrachos y prostitutas de la zona que coincidían en la plaza a altas horas de la noche. Esta que está ahí.
El tipo a pesar de sus cuidadores cayó alguna que otra vez en cana. Una vez para Navidad se hizo una redada, justo en esta esquina. Lo agarraron distraído, estaban entonces, según testigos presenciales, como si en una operación milimétricamente planeada, hubieran capturado al enemigo público número uno.
Este no fue el único encuentro con los guardianes de la ley. Su primera detención se había producido cuando un policía lo pescó estampando su firma en el paredón de atrás de la comisaría, sobre una imagen de una prostituta masturbándose. Dicen que era una obra de arte, che. Duró poco. El mismo comisario junto al resto de la yuta lo taparon en minutos; no le alcanzaban las manos al tipo. Por ese hecho al de la gorra le quedó de apodo “El pulpo”.
¿Entendés, pibe? El Gringo se hizo famoso en el distrito. Fueron diez años meta pinta que pinta. ¿Y vos querés estropear su obra magna? No entendés nada, pibe.
El Gringo firmaba autógrafos ¿Me entendés? Yo tengo uno.
Con el tiempo creció su popularidad y dicen que se divertía tirándole la lengua a los que inventaban leyendas, inexistentes amistades y supuestas correrías nocturnas. No ha faltado quien atribuyó las pintadas a una falsa campaña publicitaria, quien aseguró que obedecían a las herméticas maniobras de infiltración de una secta, o quien aducía saber de buena tinta que en realidad se trataba de un espía
¿Qué querés que te diga? Las paredes de esta esquina hablan por sí solas. Yo que vos me rajo enseguida, porque en un rato, esto… esto se convierte en tierra de “Nadie".
miércoles, 9 de octubre de 2013
En cuanto
su nariz rozó la fría superficie de la puerta pudo ver través del ojo de la
cerradura un rasgo de profunda tensión que orbitaba entre línea y
línea; parecían pinceladas hechas por la mano de un artista que con
insolente temple las facultó para crear un laberinto oscuro. No pudo determinar
si partían del núcleo negro, si éste las paría expulsándolas a la
zona periférica o en realidad se las devoraba. El centro cuya forma es la de un
diafragma contráctil, palpita como el corazón de un animal acechado o como el
de alguien que había sido perseguido por la anormalidad de las cosas. De
repente se detenía y en cada detención el núcleo se agrandaba, luego se
reducía. Rodeaba la zona oscura un tapiz blanco craquelado con otras finas líneas
rojas. Estas líneas se mezclaban con las otras del centro. Una enmarañada
estructura circular oscura respiraba, se ahogaba, se fundía con el ojo de
la cerradura y con su propio ojo.
Había
sido una extensa jornada, lo sintió en el cansancio de sus huesos y en una
especie de irritación contra el mundo. Aceleró el paso más de lo que
acostumbraba en las tardes de regreso. El día había transmutado a noche y
una inquietud más profunda que el hambre lo hostigó para moverse rápido.
Alguien lo saludó levantando la mano izquierda, él hizo una mueca que denotaba
más fastidio que simpatía; no reconoció a la mujer ni tampoco escuchó lo que
ella había gritado. Se dio cuenta de su rápido andar. Las baldosas negras
y luego rojas, los desniveles de las veredas, los cables de las líneas
telefónicas se fundían en su andar, se mezclaban, se aglutinaban en una masa
oscura que respiraba y que lo perseguía. No quiso mirar hacia atrás. Sólo
unos pocos metros separaban la urbe viviente de su casa; subió los cuatro
escalones de entrada, estaba frente a su puerta, sacó las llaves de su bolsillo
derecho con nerviosismo, su mano húmeda no permitió asirlas y cayeron al
piso rompiendo el clima tenso que lo había acompañado desde la salida del
trabajo. Sonrió y se agachó despacio para tomarlas. Lentamente recorrió con su
vista la puerta, descubrió que los años no sólo habían hecho estrago en su
cuerpo y tarareó “…no le iría nada
mal una mano de pintura…” Volvió a sonreír. Estaba acomodando su
cuerpo para incorporarse cuando vio un pedazo de papel blanco que asomaba por
debajo de la puerta. Apoyó una rodilla en el piso y extendió una pierna hacia
atrás. . Si era lo que esperaba, daría sepultura a las horas de fastidio,
malhumor e irritación que lo habían acompañado gran parte del día. Tardó
segundos en abrir la nota y leer –Te
espero en Café San Juan. Lo único irremediable es la muerte. No te
retrases- .
Guardó en
su bolsillo el papel. Seguía agachado. No pudo enderezarse. Algo en el ojo de
la cerradura lo invitó a mirar, algo que respiraba y se ahogaba, algo que se
fundió con el ojo mismo de la cerradura y con su propio ojo.
Los
protocolos de la escritura
Dimos comienzo a la actividad de escritura con una serie de preguntas destinadas a generar una respuesta sobre qué se observaría a través del ojo de la cerradura. Los interrogantes fueron motivados por la consigna pero no pudieron suscitar una respuesta porque una palabra que se desprendió de la restricción de la consigna tomó una fuerza generadora mayor que las propias preguntas, convirtiéndose en marco referencial: Esta palabra fue “ojo” y determinó el tema de la descripción.
Una vez
elegido lo que se observaría, recurrimos a la web para buscar la fotografía de
un ojo. La elegida tiene la particularidad de presentar un plano detalle (se
emplea para destacar elementos específicos. En este tipo de plano el
acercamiento se maximiza para enfatizar ciertos elementos que de otra manera
podrían pasar desapercibidos). La elección no sólo dio la oportunidad de
evaluar que tipo de descripción haríamos (en color, en sepia o blanco y negro)
sino también la de comenzar a pensar en la introducción del personaje pedido en
la segunda parte de la actividad planteada por la docente.
Se
determinó realizar la descripción en color por considerar esta decisión la más
adecuada para proporcionar una gran cantidad y variedad de
información que nos sería útil en la construcción del lugar y el espacio.
¿Cómo
relacionamos los elementos en color de la descripción con el lugar y el
espacio logrado?
Esta fue
una pregunta que surgió luego de elegir la descripción en color. Si debíamos
planificar cada elemento en función del personaje, la historia, el relato, la
verosimilitud, el narrador, etc. Consideramos apropiado que esos elementos se
integraran o dieran como resultado “algo” en el cuento. Un algo que no estaba determinado
aún en esta instancia.
En la
descripción aparecen varios elementos, líneas rojas, núcleo negro, un manto
blanco craquelado, estructura circular oscura; elementos que fueron
utilizados para construir una analogía con las líneas telefónicas y
las baldosas rojas y negras de las veredas. Nuestro interés aquí radicó
en presentar un espacio de percepción que contribuyera o se solidarizara con la
alteración del personaje: “Las
baldosas negras y luego rojas, los desniveles de las veredas, los cables
de las líneas telefónicas se fundían en su andar, se mezclaban, se aglutinaban
en una masa oscura que respiraba y que lo perseguía.”
La
pregunta siguiente fue ¿Por qué dicha alteración? Debíamos buscar un móvil lo
suficientemente verosímil para darle credibilidad al estado y el apuro del
personaje. Esto se resolvió con una esquela que el personaje descubriría al
final del cuento. En este punto tuvimos que recurrir a la reescritura de
algunos párrafos de la descripción.
Con
respecto al narrador, elegimos un narrador omnisciente porque puede
contar la historia desde un punto de vista que le permite conocer
los pensamientos y sentimientos íntimos o inconfesables del personaje. Este
narrador no encuentra límite alguno a
sus facultades descriptivas y, por lo general, tampoco adopta opinión alguna
ante lo que cuenta, ya que esto podría restringir la amplitud de su visión.
Esta decisión también se tomó porque el narrador omnisciente no influye
en los hechos de la historia, ya que su principal cometido es observar.
Esta cualidad de observación, propia del narrador omnisciente, nos
resultó atractiva para generar un elemento más que se relacionara con los otros
pensados, tema, historia, personaje y relato en función de observar y ser
observado.
Se incluyeron
dos expresiones del campo disciplinar oftalmológico: órbita (en el texto
orbitaba) y diafragma contráctil, ambos con la clara intención de acercar al
lector a una clarificación del objeto observado. Esta aclaración se
realiza puesto que, un término utilizado en el primer borrador (latía) el cual
luego fue descartado, generó entre los integrantes del grupo una
discusión sobre la pertenencia semántica de dicho término. La palabra
latía podía generar una confusión al lector en términos de la interpretación.
La
elección de un fragmento de la canción “No hago otra cosa que pensar en ti” al
final (cuando el
personaje mira la puerta gastada por el paso del tiempo) tiene dos intenciones. En primer
lugar terminar de fracturar el clima de tensión, fractura que comenzó con la
caída de las llaves al piso, provocándole una sonrisa. En segundo lugar
despojar al relato de la construcción sobrenatural que hasta el momento se
daba. Estas fracturas necesarias son el prólogo de una nueva construcción
sobrenatural cuando el personaje mira por el ojo de la cerradura.
Bella, Damiana
Benítez,
Nuria
Lützelschwab,
Marcela
jueves, 19 de septiembre de 2013
FICCIONALIZACIÓN:
Almas
gemelas
Ellas
juegan juntas en la habitación que comparten, se divierten
inventando historias y desfilando frente al espejo. Se quieren aunque
muchas veces tienen ideas opuestas que las lleva a enfrentarse, ese
enfrentamiento dura poco porque se necesitan como el aire que
respiran. En el cuarto hay un gran ventanal que da al jardín y al
abrirlo un dulce aroma a jazmines penetra perfumando todo el ambiente
y acariciando sus rostros de niñas traviesas.
A una
le encanta el día y las flores perfumadas, pero la otra prefiere la
alegría del interior, de ese cuarto lleno de historias compartidas,
afuera se aburre. Cuando llega la noche, las pequeñas con sus
pijamas a lunares amarillos y frescos que las ayuda a enfrentar el
calor del húmedo enero, juegan con la escasa luz del velador intentando no
hacer ruido que alerte a sus padres, pues nunca aceptarían que a
esas horas jugaran. La última vez que su mamá irrumpió en la
habitación, fueron sorprendidas saltando sobre la cama convertida en
trampolín de circo, y les dio tal reto que una de ellas empezó a
temblar con su rostro serio, su brazo pegado al cuerpo, mientras la
otra sonrió desafiando a su madre, tomó la mano de su gemela
fuertemente como diciéndole “ya esta no es para tanto”; logrando
que su madre saliera enojada del cuarto amenazando con castigos que
al día siguiente olvidarían.
Ellas,
tan iguales pero tan distintas, no podrían existir la una sin la
otra. Sólo ellas compartían los secretos más increíbles de sus
vidas.
Una
tarde la gemela sonriente fue a visitar a su abuela con su madre. En
la casa el padre tenía mucho trabajo porque decidieron remodelar las
habitaciones que necesitaban nuevos muebles y pintura. La niña no se
iba contenta, aunque amaba a su abuela que la consentía siempre,
sabía que su mitad quedaba en la casa y ambas se aburrían cuando no
estaban juntas.
Los
fleteros bajaron del camión los nuevos muebles y siguiendo las
indicaciones del padre fueron cambiando los viejos por los nuevos.
Las blancas paredes del cuarto infantil cobraron un color durazno y
las cortinas oscuras fueron reemplazadas por hermosas telas floreadas
con vivos colores. Ese antiguo espejo de pie compañero de juegos no
resistió el movimiento y cayó fuertemente sobre las baldosas del
piso quebrándose en mil pedazos como aquella niña atrapada en él,
que no respondería más a su imagen para salir a jugar.
DESCIPCIÓN
DE LA FOTO
Las
gemelas
Las
gemelas tienen la misma ropa, el mismo corte de pelo. Sus manos
entrelazadas apoyándose una a la otra. Iguales pero distintas, desde
la actitud una de las niñas esta seria, como asustada, mientras que
la otra sonríe como diciendo “ahí vamos”. A sus espaldas, un
cortinado oscuro y traslúcido deja ver un ventanal. En la parte
superior izquierda puede observarse una porción de pared blanca.
El
brazo suelto de la niña seria esta pegado a su cuerpo mostrando
rigidez, en cambio la otra niña lo lleva separado de su cuerpo,
libre como en movimiento.
La
vestimenta de las pequeñas está compuesta por pijamas de camisas y
shorts en tonos claros no pudiendo apreciar con exactitud cuáles son
esos colores ya que la fotografía es en sepia.
viernes, 6 de septiembre de 2013
"Lo esencial es romper el silencio, y el agua de los grandes mutismos". Leopoldo Marechal
Texto I
The vagine Quenchi
Entró decidida. Había sido invitada a un Café Literario por
la gente del Rotary Club. Ella, que había nacido en el Conurbano Profundo; en
la ciudad dormitorio, donde “la maravilla” se esconde de tal manera que sólo
los ojos y los labios atentos pueden descubrirla, manifestó un tibio
desacuerdo, pero las circunstancias obligaron su presencia y ahí estaba.
Segundos antes de salir para el encuentro tomó de su cuaderno
un poema y lo colocó en su cartera, suelto, sin ningún protocolo, como quien
coloca en ella un pañuelo descartable.
El poema había sido escrito años antes a pedido de una
artista plástica para la presentación de su obra, obra que había sido
atravesada por la censura.
Escuchó durante una hora las lecturas realizadas por los
participantes: Una oda a un perro
convertido en héroe, cuya hazaña fue salvar la vida de un niño del paso del
tren, un poema extenso sobre el árbol más antiguo de Alte. Brown, también un
canto a la naturaleza, otro a la vejez, a los valores familiares, a la moral, a
las buenas costumbres y bla bla bla…
Se sentía rodeada de la más pura y sacra expresión poética
que alguna vez hubiera escuchado.
No supo cómo, ni cuándo ni por qué se había involucrado en
esa ironía del destino.
Llegó su turno. Debía leerlo. Su cabeza comenzó a girar de
un hombro a otro, en clara señal de negación. No leería ahí, de ninguna manera,
por ningún motivo su creación: “The vagine quenchi”. Tomó entonces su vagina,
la metió en su cartera sin ningún
protocolo, cual si fuera un pañuelo descartable y se marchó.
Texto II
Verde París
Tal vez haya llegado la hora
suya, querido amigo. La hora en que en nada se piensa y sólo nos dejamos fluir;
me alegro inmensamente que esto suceda, pues está más cerca de la idea de finitud
humana. No me malinterprete, no es al final de los días a lo que me refiero,
sino a todo lo contrario. Supongo que después de los 60 años, nos ponemos en
marcha diferente, muy diferente a la que el resto de los hombres marchan.
Creo no equivocarme con usted. He
de confesarle que me he sentido como el "hipócrita" o contestador,
ese personaje de la tragedia griega, que respondía a las cuestiones que le
presentaba el coro. Ambos somos como los sátiros que debajo del ropaje
mantenemos intacto el pelaje, que sólo nos será descubierto, cuando nos
atrevamos a desgarrar nuestras vestiduras.
Tu eres Frínicos, has incorporado
la figura femenina a tu tragedia y ella,
es palabra, que reemplaza fantasmagóricamente al hombre joven, cuya carne dura
se ensaña en repetirle cuan madura está.
Ahora que estamos hablando entre
“nous”, en el vasto campo de las palabras; también me atrevo a hacerle una
pregunta, pregunta que le he hecho a varios amigos: ¿Te animarías como hombre a
dejarte llevar hasta el mismo infierno con tal de no perder la gracia de la
locura? No se asuste, pues no tengo intención de hacerle abandonar el mundo ni
convertirte en apóstol, que ni usted es Xavier ni yo Teresa. Pero sí quiero
decirle algo que me digo muchas veces a mí
misma. Dice un refrán popular, “Que de músico, poeta y loco, todos
tenemos”. No se ofenda, pues, si lo incluyo en el número de los últimos. Es porque
he analizado profundamente sus poemas, pues yo no tengo empacho en admitir la
parte de locura que me toca, como a cualquier hija de vecino.
Y
la verdad cuando uno piensa que, a pesar de saber que podemos perder
nuestra alma escribiendo, y aún así, todavía seguimos sin preocuparnos,
merecemos justamente el nombre de LOCOS. Esta idea fue la que dio lugar a la
hermosísima cuanto profunda octava, que unos atribuyen a Xavier, mientras otros
dicen que fue Lope el que la escribió:
Yo ¿para qué nací?, para
salvarme.
Que tengo que morir, es infalible,
Dejo de ver a Dios, y condenarme,
Triste cosa será pero posible.
¡Posible! ¿Y río y duermo, y
quiero holgarme?
¡Posible! ¿Y tengo amor a lo
visible?
¿Qué hago? ¿Y en qué me ocupo?
¿En qué me encanto?
¡Loco debo ser pues no soy
santo!...
Le vuelvo a repetir que no
incluyendo ni a usted ni a mi en el mundo de los santos –y dispense mi
franqueza- no hay más remedio que nos coloquemos en la categoría de los
locos...
Pero, para su consuelo, le digo
que, aunque no lleguemos a santos, también los locos, que andamos sueltos, nos
podemos salvar. No creo que el cielo sea un lugar repleto de beatas y beatos,
sería una atrocidad: He realizado mi propia reflexión sobre esto. Dios en su
suponer de felicidad no puede eternizarnos en el aburrimiento, no creo que
siendo él tan generoso nos recluya en el olvido de la diversión. ¡NO!
Allí debe existir otro tipo de
mandamientos, tal vez alguno de ellos sea despojarnos de la culpa, o tal vez
sincerarnos con nuestra bestia, darle rienda suelta al olvido, pertenecer al
odio sin pasión alguna; quién sabe, tal vez en un intento de reparirnos se
vuelva más imbécil y dulcifique su perdón, quizá tenga entre manos para ese
momento regarnos con fruta, o pasearnos en piel de humano divino, fagocitar la
esperanza, sostenernos en el vacío. ¿Quién sabe?
Si tuviéramos la oportunidad de
elegir, cosa que creo improbable y además incoherente, ya que ese sería el
lugar y el momento preciso para el libre albedrío, tal vez no elegiríamos
matar, ni odiar, ni fornicar con la mujer del vecino, ni robar, ni hacerle
frente al Dios Todopoderoso, tal vez elegiríamos suspendernos en nuestra propia naturaleza,
creer en un origen netamente antropológico, sin la presencia de un acto y un
verbo divino, sin estereotipos funcionales, que solo se crearon para la nomos y
que destruyeron de alguna manera la identidad verdadera del hombre.
Si alguna vez tuviéramos esa
oportunidad, seguramente que no se daría en tiempo y forma, estaría
replegándose continuamente en un movimiento pendular, cual teoría de Petersen;
aquella que dice: “Debemos anquilosar toda generación anterior para sostener
esta naciente identidad, nueva y sin leyes universales, pues nos pertenece el
presente y nada más que él”. ¿Qué dices de esto?
Siempre entregándole un abrazo como el que
describe Galeano, "...uno, que matándonos nos nace"
lunes, 2 de septiembre de 2013
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